Los cementerios: entre la dignidad, la planificación y el sentido de la muerte
Esta reflexión nació de una conversación que tuve con @mario_de_1980, alguien que llegó a mi comunidad en Instagram @yomecreolamuerte con una invitación a compartir qué lo trajo a ese espacio. Me contó, en una carta extensa y profunda, sobre su necesidad de comprender y hacer las paces con la muerte. No desde el miedo, sino desde la certeza de que es un fenómeno futuro e incierto al cual todos nos veremos inmersos en algún momento de nuestra existencia. Y al leerlo, algo en mí hizo clic. Porque yo también venía pensando en esto, y lo que @mario_de_1980 me compartió fue la chispa que me llevó a ordenar estas ideas.
Me pregunto con respeto por la forma en que hoy se gestionan los cementerios, entendiendo que probablemente nadie pensó, desde su origen, en esta problemática que se manifestaría a futuro o cientos de años después. Con el crecimiento lógico de la población, es comprensible que quienes administran estos recintos, ya sean municipalidades o arzobispados, laicos o religiosos, no hayan calculado desde su concepción qué hacer cuando el número de habitantes y ataúdes superara el espacio disponible. No es una crítica desde la incomodidad, sino desde la compasión. Nadie imaginó entonces la magnitud que alcanzaría el problema.
En Chile, los cementerios nacieron bajo una lógica pública y estatal. El Cementerio General, inaugurado por Bernardo O'Higgins el 9 de diciembre de 1821, fue concebido como un espacio de acceso universal, sin distinción de credo. Hasta antes de eso, los cementerios estaban bajo control eclesiástico y los llamados disidentes eran relegados a fosas comunes. El decreto de cementerios de 1871 estableció la administración por el Estado o los municipios, con fondos fiscales o municipales.
Pero ese modelo se fracturó. En 1982, con la Ley de Municipalización, el gobierno central se desentendió del sistema de cementerios, transfiriendo la responsabilidad a los municipios. Así se decapitó el sistema. Hoy, el resultado es que el 72% de los cementerios del país no tiene permiso sanitario, y casi la mitad de los cementerios municipales está saturada.
@mario_de_1980 me contaba en su relato que lo que lo trajo a ese espacio era precisamente la necesidad de comprender la muerte no solo como fenómeno biológico, sino cultural. Todo lo que gira en torno a ella le interesa: conocerla, compartirla, observarla y disfrutarla, como las manifestaciones universales, los rituales, el mundo de los cementerios y su arquitectura, la mitología que circunda en torno a ella. Y leyendo sus palabras, yo también empecé a vincular esas ideas con lo que he estado reflexionando. Porque la crisis de los cementerios no es solo un problema de gestión, sino el reflejo de algo más profundo. Hemos perdido la naturalidad con la muerte que antiguamente existía.
Antiguamente, la familia misma se encargaba de preparar a la persona muerta para su rito. No había miedo, todo lo contrario. Había amor y consciencia de que, como familia, se acompaña a un ser que es parte del clan para que transite detrás del velo. Se le entregaba amor infinito, se le deseaba lo mejor, a pesar del dolor. Era como si coexistieran ambas emociones: el duelo sincero y la certeza de que ese ser estaba completando un tránsito. Esa naturalidad se reflejaba también en el velorio tradicional chileno, donde la comunidad se reunía no solo a llorar, sino a comer, beber, reír, jugar y vivir en torno al difunto. En el campo chileno, los velorios eran espacios de comunión donde se servía el llamado cacheteo, es decir, cazuela, guiso y pan minero, acompañado de bebidas como el vino tinto, blanco y el gloriao, una bebida fuerte típica de los mineros. El duelo no era algo íntimo y medicalizado como hoy, sino un acto comunitario y ritual.
Una de las expresiones más conmovedoras de esa naturalidad era el velorio del angelito, una de las tradiciones populares más arraigadas en el campo chileno. Cuando un niño moría antes de cumplir los tres años, y en algunos casos hasta los siete, se le denominaba angelito, pues se creía que ascendía directamente al cielo por su cualidad de no pecador. La ceremonia consistía en el constante rezo del rosario y cánticos piadosos, acompañado de cena de medianoche, ingesta de licor y quema de incienso. En una mesa, la mesa de los santos, se colocaban imágenes religiosas, se prendía una sola vela rodeada de flores blancas, y se construía un altar donde se instalaba el cadáver del niño vestido como ángel, con una túnica blanca adornada con lazos celestes y, a veces, con unas alitas para ayudarle en su viaje celestial. En ocasiones, el cuerpo del niño se instalaba sentado o de pie, con las manitos juntas apretando un ramo de flores blancas, a vista de todos. Hoy queda prohibido llorar en estos velorios, ya que las lágrimas derramadas mojaban las alas del angelito, impidiéndole alzar el vuelo. La fiesta de despedida del angelito, que con el tiempo ha ido cayendo en desuso, convocaba a parientes y vecinos a celebrar el paso del niño a los cielos, y los poetas populares eran los encargados de ritualizar ese tránsito a través de versos donde el angelito se despedía de sus seres queridos y anunciaba su ingreso a la morada celestial.
Y esa pérdida de naturalidad me lleva a otra reflexión sobre la planificación. @mario_de_1980 reflexionaba en su relato sobre cómo la muerte reduce al ser humano a lo que él llamaba un objeto inanimado, una cosa. Y es que ¿qué pasa con el sentido mismo de la muerte cuando gestionarla se convierte en un mero trámite?
Los cementerios parque nacieron precisamente como respuesta a la saturación. Son entidades privadas con fines de lucro que ofrecen un modelo de entierro distinto, con estructura vertical, es decir, nichos en muros que reducen el espacio que ocupa cada difunto. Pero ese modelo también es más impersonal. Todos ocupamos un cuadrado de pie, en contraste con la sepultura horizontal tradicional, donde el cuerpo yace extendido como si estuviera durmiendo.
He escuchado en muchos rituales que esa posición horizontal es muy importante para las almas. En culturas ancestrales como la andina, la muerte se representa en los dibujos como un dormido más que muerto. El arqueólogo Font registraba en 1611 sobre los tarahumaras que la posición flexionada del entierro buscaba simular que el difunto estaba dormido. En el duelo andino, las almas de los difuntos siguen presentes y visitan a la comunidad. Es una concepción donde la muerte no es un corte definitivo sino una transición.
Paralelamente, he visto que en algunos países de Europa está volviendo el ritual ancestral de enterrar en lugares fuera del cementerio, en campos, sin ataúd, solo envuelto en sábanas de tejido natural como algodón o bambú, en contacto directo con la tierra. El entierro natural, o entierro verde, se remonta a la antigüedad y se basa en la idea de devolver el cuerpo a la naturaleza, utilizando materiales biodegradables que minimizan el impacto ambiental. Es algo más orgánico, coherente con el ciclo de la vida.
Ese gesto contrasta con lo que me resulta molesto hoy, cómo se ha mercantilizado la despedida. Elegir un ataúd, muchas veces costoso, solo para que esté a la vista de los visitantes durante los pocos días que dura el velatorio, sin un sentido adicional, aparte de los dos o tres días previos al entierro. Y el impacto ambiental es real, los ataúdes de madera contribuyen a la tala de árboles y se convierten en algo difícil de biodegradar, lo que con el aumento de muertes se vuelve cada vez más contaminante.
Existe también la opción de la cremación, con el mantenimiento del feretrio para, en algunos casos, dejar las cenizas en el lugar que la persona quiso en vida. Es un gesto bonito. Siento que dentro de todo lo disponible, también tiene un vínculo con un elemento, el fuego, que en muchas tradiciones espirituales ayuda al alma en este tránsito. En el hinduismo, por ejemplo, se cree que Agni, el dios del fuego, recibe el cuerpo, consume lo físico y libera el alma hacia su próxima existencia.
Y sin embargo, volviendo a los cementerios antiguos, reconozco algo que me conmueve. Más allá de la dignidad en la forma de enterrar, también está la posibilidad de que los deudos expresen lo que sienten por la persona que partió. Esa expresión es, en quienes tienen más recursos, una manifestación artística y arquitectónica digna de admirar. El Cementerio General de Santiago, con sus 86 hectáreas y más de dos millones de inhumados, es un verdadero museo al aire libre, con mausoleos y bóvedas en estilos gótico, griego, morisco, azteca, egipcio y moderno.
Esa dimensión artística genera una sensación potente, que la persona aún sigue presente, que no la hemos perdido del todo. Podemos visitar ese espacio y nuestra alma se siente más tranquila con el que se echa de menos o se extraña. Es ahí donde los cementerios, los bien pensados, los que mantienen su dignidad, cumplen un rol que va mucho más allá del trámite burocrático. Son espacios de memoria, de duelo, de continuidad del vínculo con quienes ya no están.
Y me pregunto, ¿no sería posible diseñar un modelo que integre todo esto? Que respete el sentido ritual de la muerte, que sea ambientalmente coherente, que no dependa del lucro desmedido, y que permita a las comunidades seguir expresando el amor y la memoria de quienes ya no están, sin que eso dependa de cuántos recursos tengan.
@mario_de_1980 decía en su relato que, si bien estamos en una cultura cristiano occidental con sus ritos, costumbres y saberes, nos falta mucho para aprenderla y entenderla, para finalmente lograr convivir pacíficamente con ella. Y tal como le respondí en nuestra conversación, comparto muchas de esas reflexiones. He tenido experiencias similares que me han llevado a conclusiones parecidas e incluso iguales. Tal vez por eso creo que es importante seguir difundiendo este tema, aunque sea reiterativo muchas veces.